April 2012
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En la vida hay que hacer cosas que joden. Por ejemplo, jode pisar una mierda, o trabajar. Cuando estoy en un sitio en el que no debo estar me quiero morir, o matarte. Despacito. Sin prisa pero sin pausa.
A veces me conformaría con que te callaras. A veces daría dinero porque te callaras. A veces daría mi vida porque te callaras. A veces decapitaría por un segundo de silencio.
En la vida hay que hacer cosas idiotas. Por ejemplo una, hablar con idiotas, o sonreír a idiotas. Rodeado de idiotas por los cuatro costados me quiero morir, o matarlos por idiotas. Pero son muchos y me cansa. Mejor esperar a que mueran por su cuenta. Veremos uno por uno cómo revientan. Pondremos todos sus órganos a la venta. A veces decapitaría por un segundo de silencio.
En la vida hay que hacer cosas que hartan. Por ejemplo harta viajar en el metro. Sin respirar. Sin aire. Rodeado de axilas por los cuatro costados no quiero vivir. Me voy al campo. Que os follen. Que os zurzan.
When the fuck are you gonna realize
“Siempre he sentido, en cierto modo, una especie de afinidad con la gente de color porque su situación es igual a la mía: nos hallamos fuera del círculo de la sociedad norteamericana. Mi exilio es voluntario, por supuesto. Es evidente, sin embargo, que muchos negros desean convertirse en miembros activos de la clase media norteamericana […]
Yo, personalmente, protestaría con todas mis fuerzas si sospechase que alguien intenta auparme a la clase media. Lucharía contra el individuo descarriado que intentase auparme, desde luego. La lucha tomaría la forma de manifestaciones de protesta con los carteles y pancartas tradicionales que, en este caso, dirían: “Muera la clase media”, “Abajo la clase media”. No me importaría tampoco lanzar uno o dos cócteles molotov.
Además, evitaría meticulosamente sentarme junto a miembros de clase media en restaurantes y en transportes públicos, manteniendo incólumes la honradez y la grandeza intrínsecas de mi ser. Si un blanco de clase media fuera lo bastante suicida como para sentarse a mi lado, imagino que le golpearía sonoramente en la cabeza y los hombros con una manaza, arrojando, con suma destreza, uno de mis cócteles molotov a un autobús en marcha atiborrado de blancos de clase media con la otra.
Aunque el asedio durase un mes o un año, estoy seguro de que al final me dejarían en paz, una vez evaluado el total de carnicería y de destrucción de propiedad”